Metanoia

Esta vez quiero tocar un tema que me ha dado muchas vueltas desde hace unas semanas después de una charla con Mr. N y luego por casualidad con mi querida Miss. Busy y es el perdón. Dicen por ahí que las cosas o los temas que necesitamos aprender tarde o temprano nos encuentran por más que nos escondamos. Cuando escucho “perdona, déjalo ir” “que quede en él/ella” se me viene a la mente una imagen mesiánica, sacra casi inmaculada de alguien vestido de blanco con rayitos de luz. Desde niña aprendí que perdonar es bueno, entonces me convertí en algo así como una perdonadora compulsiva que no ponía sólo una mejilla, ponía también la frente, la nariz; es más toda la cara ya de plano. El caso es que a pesar de eso no me sentía bien, no sentía esa sensación de bienestar de la que me habían hablado de niña. No pude jamás experimentar la liberación que proporciona el perdón del que tanto me habían hablado. Y es que el perdón está visto hacía afuera, hacía los demás. Perdonamos a aquellos que nos ofenden, pedimos y/o anhelamos ser perdonados por aquellos a quienes hemos ofendido y sin embargo podemos vivir 24/7 con nosotros mismos sin la mínima voluntad, ni conciencia, de que el primer paso para lograr la plenitud con el acto del perdón depende de perdonarnos a nosotros mismos. Vamos por ahí perdonando compulsivamente o diciendo que lo hacemos, pero seguimos cargando a la persona, a la situación y además la aderezamos con culpa “¿Cómo fui tan idiota?” “Es que si lo hubiera hecho diferente” “Yo le creí” y muchas cosas más. Es decir, damos un perdón vacío; creemos que perdonamos, pero no es así porque el perdón verdadero viene de dentro, de protegernos a nosotros mismos de aquello que nos hicieron o hicimos, en pocas palabras el verdadero perdón es aquel que otorgamos con una mente nueva. Una vez que fuimos capaces de entender que hacemos lo mejor que podemos con lo tenemos, que somos los responsables de que el daño llegue sólo si nosotros lo permitimos, en el momento que transformamos nuestra mente y lo alineamos con nuestro sentir, es ahí donde nos protegemos, donde podemos otorgar un perdón consiente.

Esto lo materialice el domingo pasado. Conocí a un tipo, acepté a salir con él y en medio de la charla le pregunté “¿Qué te parece?” y me respondió “Te perdí hace diez minutos” yo me volví a mi plato, comí en silencio. Primero quise largarme con mi dignidad bien puesta, luego empecé a culparme “¿por qué acepté?” “eso me pasa por mensa y por verle lo bueno a las personas” y ahí me detuve. Si me iba, lo haría molesta, sí, dejaría al tipo ahí físicamente, pero me iría con él dentro por lo que me hizo sentir, entonces decidí quedarme y sin saberlo ejecuté los cinco pasos del perdón.

1.- Sensibilicé lo que estaba experimentando y la parte de mi cuerpo donde lo sentía: tristeza profunda por ser ignorada. El pecho.

2.- Tomé responsabilidad. La decisión de aceptar salir con él fue mía porque el tipo se dedica a hacer cubetas y era la primera vez que conocía a alguien con oficio tan curioso.

3.- Fui humilde. Abandoné todo el juicio que me estaba aplicando por haber aceptado salir con él.

4.- Tuve voluntad, no sólo de quedarme, sino de quedarme con una actitud distinta. Elegí quedarme y ver la verdad de la situación, de mi decisión, de la actitud del hombre y ahí fue cuando me protegí de aquello que en primera instancia sentí como rechazo de su parte por haberme ignorado.

5.- Acepté con una nueva visión, con una mente nueva tomar una actitud diferente hacia la realidad que yo misma me había generado al aceptar salir con él y ahí me perdoné, me protegí.

Una vez que me despedí de él, no sólo lo hice del ser físico; sino de mi ego, de mi yo orgulloso que hubiera tomado su bolsa para largarme taconeando, repitiendo y reafirmando paradigmas como “todos los hombres son igual de idiotas” eso además de que no sirve tampoco es cierto.

Si bien es un tema serio no perdonar, lo mismo es hacerlo a lo tonto. Andamos por ahí cargando al ex, al papá, a la mamá, al jefe, la tía, al matrimonio, al traidor, al temblor, al gluten; etc. diciendo “lo perdono” pero sin sentirlo, sin cambiar la mente y no es el otro que la sufre, somos nosotros los que nos castramos oportunidades maravillosas como salir con alguien más por no perdonar al que nos engañó o nos maltrató, pero no tomamos conciencia de que fuimos nosotros quienes abrimos esa puerta por la razón que sea.

El perdón verdadero lo generamos cuando decidimos protegernos a través de la transformación que los griegos llaman metanoia: mente nueva; es decir que para poder perdonar no podemos ser los mismos que cuando se nos ofendió u ofendimos. Es por eso que a través de la metanoia contamos con la posibilidad de transformarnos de perdonadores compulsivos a perdonadores seriales, perdonadores conscientes.

Los invito a que se suscriban al sitio locorrectodeloincorrecto.com

Instagram @nan_oviedo

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2 comentarios sobre “Metanoia

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